Cuando una residencia deja de ser un hogar

Por Miguel Ángel

Son las siete y media de la mañana. Alguien llama a la puerta de mi habitación. En una residencia los horarios tienen que organizarse para muchas personas y eso significa que, aunque hoy me gustaría dormir un poco más, tengo que empezar el día.

Mientras me ayudan a vestirme pienso que, en realidad, solo necesito apoyo durante determinados momentos del día. El resto del tiempo sigo siendo la misma persona que era antes de la enfermedad. Sigo tomando mis propias decisiones, sigo teniendo proyectos, sigo disfrutando de mi familia y sigo queriendo construir mi futuro.

Hace años me diagnosticaron una esclerosis múltiple primaria progresiva. Desde entonces he ido perdiendo movilidad de forma progresiva hasta necesitar ayuda para actividades cotidianas como vestirme, ducharme o preparar la comida. Sin embargo, mi capacidad para pensar, decidir y dirigir mi vida permanece intacta.

Y fue precisamente viviendo esta realidad cuando me hice una pregunta muy sencilla:

¿De verdad la única alternativa para una persona con discapacidad física que conserva plenamente sus capacidades cognitivas es vivir en una residencia?

Cuanto más pensaba en ello, menos sentido encontraba.

Así nació el Proyecto Piloto de vivienda colaborativa.

No nació en un despacho. No nació de un estudio universitario. Nació de la experiencia de vivir cada día una realidad que, estoy convencido, compartimos muchas personas.

La idea es sencilla: reunir a cuatro o cinco personas con discapacidad física en una vivienda completamente accesible, donde cada uno tenga su habitación y su espacio privado, compartiendo asistentes personales y determinados servicios comunes.

No quiero crear una residencia pequeña.

Quiero crear un hogar.

Un lugar donde cada persona pueda decidir cuándo levantarse, cuándo acostarse, recibir visitas con libertad, trabajar, estudiar, cocinar si le apetece o simplemente vivir con la intimidad y la autonomía que cualquier ciudadano desea.

Además, creo que este modelo también tiene sentido desde el punto de vista económico.

Una plaza residencial privada puede superar los 3.300 euros al mes por persona. Compartiendo una vivienda accesible y organizando de forma eficiente la asistencia personal, es posible ofrecer un modelo con un coste similar o incluso inferior, pero con un nivel muy superior de autonomía, privacidad y capacidad de decisión.

No pretendo sustituir a las residencias.

Las residencias son imprescindibles para muchas personas y realizan una labor fundamental.

Lo que propongo es abrir una alternativa para un perfil muy concreto: personas que necesitamos apoyos para determinadas actividades de la vida diaria, pero que no necesitamos atención sanitaria permanente y queremos seguir siendo protagonistas de nuestra propia vida.

Mientras desarrollaba esta idea ocurrió algo que me hizo pensar que este proyecto tenía aún más sentido.

La reciente reforma de la Ley de Dependencia marca una evolución hacia un modelo que apuesta por la vida independiente, refuerza la figura de la asistencia personal y promueve nuevas formas de apoyo para que las personas con discapacidad puedan vivir en la comunidad y decidir cómo quieren desarrollar su proyecto de vida. Esa filosofía coincide plenamente con la idea que dio origen a este Proyecto Piloto: ofrecer una alternativa que permita vivir con apoyos, pero sin renunciar a la autonomía ni a la capacidad de decisión.

Cuando leí esas medidas comprendí que este proyecto no caminaba en una dirección distinta a la que empieza a impulsar nuestro propio sistema de atención a la dependencia.

En los últimos meses he presentado esta iniciativa a asociaciones, profesionales sanitarios y entidades relacionadas con la discapacidad.

La respuesta ha sido de interés y apoyo, pero también me ha permitido comprobar que poner en marcha un proyecto como este requiere tiempo. El mayor reto, en este momento, es encontrar a esas cuatro o cinco personas que compartan esta forma de entender la vida independiente y quieran dar el paso de construir este Proyecto Piloto conmigo.

Entre las entidades que han mostrado un interés especial se encuentra FAMMA-Cocemfe Madrid, que considera que merece la pena estudiar esta iniciativa. El planteamiento es muy claro: primero debemos reunir un grupo de personas interesadas. Una vez exista ese grupo, FAMMA podría colaborar en aspectos fundamentales para hacer realidad el proyecto, como la búsqueda de una vivienda accesible y el estudio de la organización de la asistencia personal.

Por eso hoy mi prioridad es muy sencilla: encontrar a esas personas.

Quizá haya alguien leyendo estas líneas que se encuentre exactamente en la misma situación que yo. Personas que desean seguir viviendo de forma independiente, pero que sienten que únicamente existen dos opciones: vivir solas sin los apoyos necesarios o ingresar en una residencia.

Estoy convencido de que existe una tercera alternativa.

No busco hacer un negocio.

No hay ningún ánimo de lucro detrás de este proyecto.

Lo único que quiero es demostrar que otro modelo es posible y que podemos construir una forma de vivir donde la discapacidad no implique renunciar a la autonomía, a la intimidad ni a la libertad de decidir.

Si estás leyendo estas líneas y te sientes identificado con esta idea, me gustaría hablar contigo.

No te estoy pidiendo ningún compromiso. Solo que conozcas un proyecto que nace desde la experiencia y desde el convencimiento de que podemos hacer las cosas de otra manera.

El Proyecto Piloto solo será posible si conseguimos reunir ese primer grupo de personas dispuestas a demostrar que existe una alternativa.

Y si no eres una de esas personas, quizá puedas ayudar simplemente compartiendo este artículo. A veces una idea llega a quien la necesita gracias a un gesto tan sencillo como ese.

Porque perder movilidad no debería significar perder la libertad de decidir cómo quieres vivir. Ese es, desde el primer día, el verdadero objetivo de este Proyecto Piloto.

Puedes contactar con el promotor de la iniciativa directamente: Miguel Ángel 609 634 212

23 de Juliode 2026