¿Te imaginas como sería tu vida si no tuvieras la capacidad de emocionarte?

Si no hubiera negros, ni blancos, ni grisis, ni rojos, ni azules, ni verdes, ni amarillos… si todo tu mundo interior fuera estático, sin movimiento, en blanco y negro…

Las emociones son la chispa de la vida.

Desde un punto de vista evolutivo podemos decir que gracias a las emociones seguimos vivos hoy en día ¿Te imaginas no sentir miedo cuando una fiera está intentando convertirte en su merienda, o cuando tu casa está derrumbándose?

El miedo nos prepara para luchar o para salir corriendo (oxigenando nuestros músculos, dilatando nuestras pupilas, aumentando nuestra tasa cardiaca y haciendo que sudemos para ser más escurridizos. Pero no solo el miedo tiene su función sino que todas y cada una de las emociones que podemos sentir sirven para algo.

El asco hace que no nos intoxiquemos, la rabia nos ayuda a defendernos y poner límites, la alegría favorece la unión y la interacción social y la tristeza nos induce a la reflexión y a que otros se vuelquen para ayudarnos.

Sin embargo hay veces que pensamos que ciertas emociones son malas, problemáticas y no queremos sentirlas. Cuando en realidad son simplemente, menos cómodas.

Dicho de otra forma hay veces que nos gustaría vivir una situación alarmante sin oír ninguna alarma que nos advirtiera para poder intervenir, pretendiendo matar al mensajero y no escuchar lo que viene a decir.

Hay otras veces que nuestro sistema límbico (aquel encargado de procesar nuestras emociones) está tan alerta que hace que salte la alarma cuando en realidad no hay ningún ladrón en casa sino solo un poco de viento rozando la ventana.

La gestión emocional es la capacidad de aceptar, procesar y escuchar nuestras emociones de modo que su mensaje no interfiera en nuestra calidad de vida sino que por el contrario nos ayude a vivir una vida más plena.

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